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Crónica veraniega de un soltero apasionado.

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Crónica veraniega de un soltero apasionado.

Por Emmanuel Ruiz.

7:00pm. Regreso de la Universidad y recibo una llamada de mi padre: “Ve por tu madre al gimnasio, sale a las 8:00pm”. Resignado, porque estaba a punto de llegar a casa, di media vuelta y me dirigí al mentado gimnasio. De camino al lugar y atorado en el tránsito cotidiano de Interlomas, me preguntaba, ¿Qué haré mientras tanto en la hora que tarda mi mamá en salir de tan sacro lugar? De pronto se me ocurrió, ¿Y… por qué no ir al Flow?

Tantas veces he recomendado el Flow a mis amigos y colegas. Les comento maravillas del lugar, de las variedades de tés que sirven, de los postres que hay. Incluso constantemente me quejo de como perdió su encanto (esa tranquilidad semi-desértica) al introducir las shishas, tan atrayentes para los “huixquifresas” (dígase de aquellos pubertos ruidosos y molestos que habitan en tan honorable entidad). Por otro lado, me ha parecido un sitio de lo más acogedor para pasarla en pareja. Sí … así es … en PA-RE-JA. Hace  literalmente años que no pongo pie dentro de esa deliciosa casa de tés. Jamás había entrado solo, pues al local lo conocí con novia, y en él, compartimos momentos increíbles que iban desde discusiones filosóficas hasta sueños, anhelos y promesas de amor que, aunque la mayoría no se cumplieron, están  celosamente guardadas en el pizarrón de tiza pegado a una de sus deliciosas camitas, cubiertas por rojas sábanas aterciopeladas que invitan a recostarse sobre el regazo de tu pareja para que te haga “piojito” mientras disfrutan de un té.

Probé el sitio a través de los ojos de un soltero. Al regresar estaba igual que años atrás: los  mismos muebles de casa victoriana abandonada, la misma cabeza de buda cerca del baño, las maravillosas camitas que como tumbas resguardan mis sueños de cuando tenía corazón. Allí seguían los genéricos pubertos que creían comerse al mundo al fumar su hookah, según ellos con estilo. Lo único nuevo eran dos cosas: los cuadros empotrados en la pared que al parecer estaban a la venta, y mi situación como persona.

Decidí sentarme en una de las mesas cercanas al rincón que escogía cuando iba acompañado. Contemplé el recinto, mientras miles de recuerdos cruzaban por mi mente. De pronto, soy interrumpido sutilmente por la mesera que, como siempre, me saluda con afecto. Sin decir “agua va”, me recalcó mi situación actual de soltería

– “¡Hola, que milagro!, ¿Y la novia?” –

Ante la pregunta tan poco discreta respondí con una sonrisa nerviosa: “Quién sabe, de seguro me ha de andar buscando como yo la busco a ella. Vengo soltero esta vez.” Creo que soy merecedor de semejante cuestionamiento por ser tantas las veces que yo he hecho ese tipo de comentarios incómodos, La mesera sonrió  y me dijo: “Bueno, pues si en esas andas, ¿Te sirvo lo de siempre?”.

¡Ay güey!, ¿Qué era lo de siempre? Tuve tres tés favoritos, dos de los cuales jamás había compartido con otra persona a excepción de la novia con la que frecuentaba el lugar. Pero, ¿cuáles eran los nombres? ¿a que sabían? ¿que contenían? Atónito y un tanto escéptico por esperar que la mesera se acordara de  mis pedidos de  hace años, le pedí que me recordara que era lo que siempre ordenaba. Hizo gala de una memoria extraordinaria: “Púes, siempre ordenabas el “Carnival Tea”, que te recuerdo es un té con sabor a palomitas de maíz, o el “Summer Passion”, que contiene cítricos, o el “Chocolate Roiboos”, té sabor chocolate que ordenabas cuando hacía frío, o bien, en días lluviosos. Regularmente  acompañabas tu bebida con la tarta de plátano, pero ya no la hacemos, así que… ¿Qué te traigo?”.

Ay ca… ¡Que memoria la de esta mujer!, pensé; la verdad no ordené nada de lo que pedía antes, simplemente por el hecho de ir acompañado esta vez por las hermanas Soledad y Soltería, y sería una falta de respeto tanto para ellas como para mí y mi  pasado ordenar lo mismo. Pedí que me dejara la carta y en un momento la llamaría.

Al mirar el menú, me percaté que había cambiado bastante. Ahora agregaban desayunos, comidas y una variedad de nuevos tés, incluso jugos energéticos, smoothies y hasta ¡chamoyadas! ¡Dios santo!, pensé, ¿Dónde quedó aquella carta flaca donde específicamente decía “Tés y Postres”? La respuesta yacía frente a mí: ese antiguo menú estaba enterrado junto con mis sueños e ilusiones amorosas. Por lo tanto, decidí que era momento de cambiar, de dejar ese pasado que tanta satisfacción me trajo y enfrentar la situación. Me armé de valor, llamé a mi mesera de cabecera y le pedí una “chamoyada de manzana”.

Un vaso de cristal con un líquido color café y toques de rojo que indicaban que tenía chamoy,  coronado con bastante “Miguelito”. Visualmente el brebaje no se veía tan apetecible. Di el primer sorbo y ¡WOW!, que buena estaba, era la combinación perfecta entre dulce, salado y picosito. Una mezcla ganadora de lo que vivo el día de hoy; nada al extremo, todo en su zen. La bebida logró mi rencuentro con el Flow, me llevó de ser un amante de verano apasionado a un soltero con una nueva filosofía de vida, análoga a los distintos ingredientes de la chamoyada.

Justo al terminarme el contenido del vaso, sonó mi celular. Era mi madre que me gritaba de forma histérica, preguntaba en donde estaba y el porqué de la tardanza. Le dije que en unos minutos estaría con ella, que me encontraba atrás del gimnasio. Pedí la cuenta,  pagué y me fui del lugar con aire victorioso, no sólo por haber enfrentando a aquellos fantasmas del pasado que de vez en vez se aparecen por estos rumbos, sino porque ahora si puedo recomendar el Flow para el soltero. La casa de tés es perfecta para aquel solitario empedernido que desea disfrutar de una buena bebida (ya sea té, smoothie o chamoyada) mientras se hunde en sus profundos pensamientos y domina la milenaria técnica de concentrarse, acompañado por el sonido de los ruidosos “huixquifresas”.

Ubicación: Circuito Empresarial #13, San Fernando La Herradura (Atrás de Sport City Interlomas) – Huixquilucan, Edo. Méx.

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